¡ASESINADO EL EMPERADOR! Calígula cae bajo treinta puñaladas de su propia guardia en el corredor del Palatino
Roma, 24 de enero del 41. Mediodía. Saliendo de los Juegos Palatinos, el emperador Calígula es interceptado por dos tribunos pretorianos en una bóveda. Treinta puñaladas. Su esposa y su hija de un año, asesinadas la misma tarde. El Senado debate restablecer la república.
ROMA, PALATINO, 24 DE ENERO DEL 41 D.C. | LIVIA TÁCITA Y MARCO CLAUDIO | 🦅 ROMA SPQR · SPQR PRESS
Marco Claudio desde el corredor del Palatino para Pultsar News
A la hora séptima, la bóveda del corredor que comunica el palacio con el teatro Palatino huele a sangre fresca y a perfume de Calabria. En el suelo, encogido sobre sí mismo, Cayo Julio César Augusto Germánico —que toda la urbe llama Calígula desde que era un niño con caligae militares en los campamentos de su padre Germánico en Renania— acaba de recibir treinta puñaladas. Tres pertenecen a tribunos de su propia guardia pretoriana. Una le ha entrado por los órganos genitales, según el conjurado que la ha aplicado, "para repetir la consigna del día". La consigna del día entre los conjurados era una sola palabra: *"¡Repite!"*.
Los niños asiáticos que estaban ensayando la representación teatral encargada por el propio emperador siguen en sus posiciones de coro, paralizados, sin entender si lo que ven es parte del drama. Calígula, que se había detenido a animarlos minutos antes, ya no levantará nunca la cabeza. Tenía veintinueve años. Reinó tres años, diez meses y ocho días. La bóveda donde acaba de morir no figura en el plano oficial del palacio. Esto último, según los maestros constructores del Palatino, lo cambia todo y no cambia nada.
Política: la hora séptima en el corredor
Lo que sigue lo reconstruimos a partir de testimonios de tres porteros del palacio, dos centuriones de la guardia germánica y un esclavo griego que servía bebidas en el teatro. Todos coinciden en lo central; difieren en los detalles. El historiador romano que escriba esto dentro de cincuenta años, Cayo Suetonio Tranquilo, recogerá las dos versiones sin elegir entre ellas. Pultsar hace lo mismo:
“No están de acuerdo todos acerca de lo que sucedió después. Según unos, mientras hablaba con los niños, Querea, colocado a su espalda, le hirió violentamente en el cuello con la espada, gritando ‘¡Haced lo mismo!’, y en el acto el tribuno Cornelio Sabino, otro conjurado, le atravesó el pecho. Pretenden otros que Sabino, después de separar a todos por medio de centuriones que pertenecían a la conjuración, había, según costumbre, preguntado a Calígula la consigna, y que habiéndole dicho éste ‘Júpiter’, exclamó Querea: ‘Recibe una prueba de su cólera’; y le descargó un golpe en la mandíbula en el momento en que volvía la cabeza hacia él.”
El primer golpe, en cualquiera de las dos versiones, lo descargó Casio Querea, tribuno veterano de una cohorte pretoriana, hombre de cincuenta y muchos años con cicatrices del Rin que él mismo había dejado de contar. El segundo, Cornelio Sabino, también tribuno. La consigna que Calígula dio a Sabino —“Júpiter”— se convirtió en su sentencia: el dios al que él mismo se había declarado equivalente, devuelto contra su garganta a través de una broma cruel del propio veterano al que llevaba años humillando.
Una vez derribado, Calígula aún gritó que vivía. Los conjurados respondieron repitiendo en voz alta la consigna del día. Cada conjurado descargó al menos una puñalada. Treinta en total. Una de ellas, en los genitales, citada explícitamente por Suetonio sin eufemismo.
A los gritos acudieron los porteros del palacio con sus bastones y, sobre todo, los soldados de la guardia germánica —la tropa personal del emperador, no integrada en la pretoriana, formada por mercenarios bátavos y queruscos que adoraban a Calígula. La guardia germánica mató a varios de los conjurados en los pasillos. También a dos senadores que pasaban por allí, sin nada que ver con el complot, simplemente por estar en el lugar equivocado a la hora equivocada con toga.
Salseo: por qué Querea, por qué hoy
Esta corresponsal habló con Querea hace dos veranos, en una taberna del barrio de la Subura donde él compartía cena con dos veteranos de la Decimocuarta. Lo que entonces se quejaba era pequeño y privado. Lo que hoy ha hecho es enorme y público. La distancia entre ambas cosas es exactamente la medida en que Calígula erosionó a un hombre que llevaba treinta años sirviendo al Imperio sin pedir nada a cambio.
Querea tenía un punto débil que el emperador encontró pronto y explotó sin descanso: una voz aguda. Calígula, con la psicología de patio de colegio que algunos cronistas confunden con genio político, lo llamaba públicamente afeminado y cobarde. Cuando Querea, como tribuno de servicio, le pedía la consigna del día, Calígula contestaba con palabras escogidas para humillarle delante de la tropa: “Príapo”, “Venus”, palabras propias del léxico de un burdel. Si el tribuno se acercaba a darle las gracias por algún encargo cumplido, el emperador le ofrecía la mano a besar con un gesto obsceno que Suetonio recoge sin describir.
Para un veterano del Rin, eso es el peor castigo que un emperador puede infligir: público, gratuito, infinito. La conjura de Querea no nació en una bóveda hace una semana. Nació hace tres años, en cada audiencia matinal de la guardia.
Un detalle final resume el carácter del emperador difunto mejor que cualquier discurso fúnebre. Los oráculos de Anzio le habían advertido hace meses que se guardase de un hombre llamado Casio. Calígula mandó ejecutar a Casio Longino, procónsul de Asia, que jamás había alzado la mano contra él. Olvidó, sin embargo, que el otro Casio que tenía cerca también se llamaba así: Casio Querea. Cuando los oráculos te dan un nombre, mira a tu lado, no a tu mapa.

Sociedad: la noche en que también murieron Cesonia y la niña
Pultsar tiene la obligación de contar lo que la propaganda imperial intentará tapar con cera y polvo de pira durante las próximas semanas. Lo cuenta ahora porque la velocidad importa.
A última hora de la tarde del mismo día, un centurión —el nombre todavía no ha trascendido— se ha presentado en el ala femenina del palacio y ha asesinado a Cesonia, la cuarta esposa del emperador, en la cámara matrimonial. Cesonia, según fuentes próximas a la corte, había sabido del complot esa misma mañana y se había negado a huir. Tenía treinta y un años y cuatro hijas: tres de un matrimonio anterior, y una con Calígula.
A esa cuarta hija, Julia Drusila, de un año recién cumplido, el centurión la ha matado estrellándola contra una pared del corredor. Suetonio recoge el dato con el laconismo de un escribano de archivos: “Su esposa Cesonia murió al mismo tiempo que él, asesinada por un centurión; a su hija la estrellaron contra una pared”. No hay testimonio de que la niña gritase. Hay testimonio de que el centurión, al salir, vomitó en el atrio.
Calígula había contado en privado que la prueba de que Julia Drusila era hija suya era su carácter: a los cinco meses, según el padre, ya rasgaba con las uñas el rostro a los niños que jugaban con ella. Murió, en cierto modo, conforme a esa genealogía sin haber tenido tiempo de escogerla.
Política II: el Senado en el Capitolio
A la caída del sol, los cónsules Cneo Senthio y Quinto Pomponio han convocado al Senado. Han evitado, sin embargo, la sala habitual de reunión —la Curia Julia— por una razón que esta corresponsal ha podido confirmar con dos senadores presentes:
“No quisieron convocar en la sala ordinaria porque se denominaba Julia, y por tanto llevaba el nombre de la familia que acababa de costarle a Roma cuatro césares y un imperio. Decidieron reunirse en el Capitolio.”
En el Capitolio se ha discutido lo que en pleno reinado de Calígula nadie se atrevía a pensar en voz alta: la abolición de la memoria de los césares y la destrucción de sus templos. Es decir: el regreso a la república. La lista de senadores que han hablado a favor incluye a hombres cuyas familias llevan dos generaciones cobrando favores imperiales. Hoy se han acordado de Bruto.

Mientras los padres conscritos hablan, sin embargo, hay otra reunión paralela que quizá importe más: la de los prefectos del Pretorio en el cuartel de la cohorte de servicio. Los pretorianos, que cobran del emperador, no tienen interés económico en una república que les recortaría dietas y privilegios. Esta noche están registrando los pasillos del palacio en busca de cualquier varón de sangre Julio-Claudia. Se asegura, todavía sin confirmar oficialmente, que han encontrado a uno escondido detrás de una cortina del ala oriental, temblando, balbuciente, con cincuenta años y cojera marcada: el tío del emperador difunto, Tiberio Claudio, hermano de Germánico, hombre al que la corte había considerado siempre demasiado torpe para ser peligroso. Si la noticia se confirma mañana, lo que se decide hoy en el Capitolio puede no servir para nada.
Reflexión: los presagios que nadie quiso leer
Esta corresponsal desconfía por costumbre profesional de los presagios post hoc. Pero los del caso Calígula no son de ese tipo: varios fueron documentados en su momento por personas que siguen vivas:
- La carcajada de Júpiter en Olimpia. Calígula había mandado retirar la estatua de Júpiter para llevársela a Roma. Cuando los obreros la tocaron, la estatua lanzó tal carcajada que las máquinas de transporte se desplomaron y los operarios huyeron.
- El sueño del pie de Júpiter. La víspera de su muerte, Calígula soñó que estaba al lado del trono del dios y que éste, empujándole con el dedo grueso del pie derecho, lo despidió a la tierra. Lo contó a Cesonia en el desayuno. Ella le aconsejó hacer un sacrificio.
- El flamenco y Mnester. Al sacrificio acudió. Durante la ceremonia matinal fue rociado con la sangre del flamenco inmolado. Después, en el teatro, el histrión Mnester representó la misma tragedia que Neoptolemo había puesto en escena el día en que mataron a Filipo de Macedonia. Calígula asistió a la obra entera y aplaudió al final.
Tres avisos en doce horas. Ninguno bastó. Quizá porque un hombre que se cree dios no puede aceptar que los dioses le hablen a él en código.
Cierre: en los jardines Lamianos
Mientras esta crónica sale a las primeras lecturas, el cuerpo de Calígula está siendo trasladado en secreto a los jardines Lamianos, en el Esquilino. En una pira improvisada con leña del bosque cercano, será chamuscado —no incinerado completamente— y enterrado bajo un poco de césped. Los conjurados no quieren ceremonia, y los pretorianos no se atreven todavía a imponerla. Sus hermanas, desterradas por el propio emperador hace dos años, exhumarán el cuerpo cuando regresen y le darán sepultura digna. Lo harán a regañadientes, porque la próxima generación de césares puede llevar su sangre.
Esta noche Roma tiene tres cosas que no tenía esta mañana: un emperador muerto, un Senado discutiendo el restablecimiento de la república, y un hombre escondido tras una cortina al que los pretorianos van a aclamar emperador antes del amanecer. En el corredor del Palatino, la sangre seca despacio. Los niños asiáticos siguen ahí, todavía. Nadie les ha dicho que pueden marcharse.
— Livia Tácita, desde el Capitolio. — Marco Claudio, desde el corredor del Palatino.
Falerno de la Bodega de Aulo Postumio — Reserva Imperial
¿Recibe esta noche a sus colegas del Senado?
Tres añadas selectas de la ladera meridional del Falerno. Servido tibio en cratera de bronce, con miel ática y un pellizco de pimienta del Indo. El vino que los cónsules eligen cuando no quieren que se sepa qué se decide en su comedor. Distribución exclusiva en el Foro y entrega discreta a domus del Aventino.
* Donativo para el proyecto Pultsar News
Comentarios ()