¡ROMA ARDE! Nueve días de fuego arrasan el corazón del Imperio: el pueblo duerme entre las tumbas y ya corre por las calles el nombre del incendiario
Roma, julio del 64 d.C. El fuego prendió de noche en las tiendas del Circo Máximo y en seis días devoró el corazón de la Ciudad. De catorce regiones, solo cuatro siguen en pie. Y un rumor recorre los campamentos de damnificados: que ardió porque alguien quería sitio para construir.
ROMA, BARRIO DEL ESQUILINO, AMANECER DEL NOVENO DÍA | LIVIA TÁCITA | 🦅 ROMA SPQR · CRÓNICAS
No queda en pie la Roma que ardió. Desde lo alto del Esquilino, donde escribo este despacho con la toga todavía oliendo a ceniza, se ve el valle del Circo Máximo convertido en un campo negro de vigas humeantes y muros descabezados. Donde había templos de cuatro siglos hay solones de piedra calcinada. Donde había manzanas enteras de viviendas hay solar. De las catorce regiones en que el divino Augusto dividió la Ciudad, los pretores que esta mañana levantan acta solo pueden anotar cuatro intactas. Tres han desaparecido por completo: de ellas no quedan más que algunos lienzos de pared medio derribados y abrasados. Las otras siete están entre lo uno y lo otro.
Han sido nueve días. Y aún humea.
Crónica: cómo prendió y por dónde corrió
El fuego empezó la noche del 18 al 19 de julio, con la luna llena, en el extremo del Circo Máximo que linda con el Palatino y el Celio. No prendió en un templo ni en un palacio: prendió, como prenden casi todos los incendios de esta Ciudad, en una hilera de tiendas mercantiles —de esas atestadas de mercancía que arde sola: aceite, telas, leña, estopa—. Lo que cualquier otra noche habría sido un susto vecinal, esa noche encontró viento.
Tácito, que está recogiendo testimonios para su crónica de los hechos, lo resume con una prudencia que esta corresponsal suscribe palabra por palabra:
“Sequitur clades, forte an dolo principis incertum” — «Después se produjo un desastre, no se sabe si fortuito o achacable al príncipe (en efecto, los autores transmiten las dos interpretaciones), aunque sí más grave y más espantoso que todos los que han ocurrido en la Ciudad por la violencia de las llamas.»
Anótese bien esa frase, porque va a ser la frontera entre la historia y la calumnia durante los próximos siglos: no se sabe. Lo que sí se sabe es la mecánica. El fuego, nacido entre las tiendas, «cobró fuerza al momento y, propagándose por la acción del viento a través de unas tiendas en las que había mercancías combustibles, se extendió por todo lo largo del Circo». De ahí trepó por las laderas y bajó por los valles. No había, escribe Tácito, ni mansiones cercadas por muros ni templos rodeados de recinto que sirvieran de cortafuegos: la Roma vieja, la de calles estrechas y revueltas, ardió por ser exactamente como era.

Ingeniería: por qué una ciudad de un millón de almas no pudo apagar un incendio
A los lectores de provincias les costará entenderlo, así que conviene explicarlo. Roma es la mayor ciudad del mundo y la peor preparada para arder con dignidad. La plebe no vive en domus de patio y mármol: vive apilada en insulae, bloques de tres, cuatro y cinco plantas levantados con armazón de madera, tabiques de cañizo embarrado y vigas resecas por los veranos. Se construyen pegados unos a otros, sin un palmo de aire entre fachada y fachada, en callejones por los que no pasa un carro. Arde uno, arden diez.
Contra eso, la Ciudad tiene siete cohortes de vigiles —los vigilantes nocturnos que hacen de ronda y de cuerpo de bomberos— armados con baldes, mantas empapadas, garfios para derribar y bombas de mano. Sirven para un brasero volcado. No sirven para una tormenta de fuego empujada por el viento de julio a lo largo de un valle. La única arma que de verdad funciona contra un incendio así es la demolición: abrir un vacío por delante de las llamas para que no tengan qué morder. Y eso fue, al final, lo que lo paró.
«Por fin al sexto día, se puso fin al incendio en la parte más baja de las Esquilias, después de hacer derruir una enorme cantidad de edificios para que el descampado y, por así decirlo, el cielo abierto atajaran aquella interminable violencia.» (Tácito)
Seis días para domarlo a costa de tirar abajo media ciudad. Suetonio, menos piadoso, redondea: «seis días y siete noches», y añade el detalle de que el pueblo «no tuvo durante ellos otro refugio que los monumentos y las sepulturas». Lo he visto con mis propios ojos: familias enteras acampadas entre las tumbas de la vía Apia, durmiendo sobre los nombres de sus muertos porque era el único techo que no ardía.

Salseo: ¿dónde estaba el emperador, y qué es eso de la lira?
Aquí es donde una crónica honesta tiene que pisar con cuidado, porque es aquí donde la calle y la verdad se separan.
Cuando prendió el fuego, Nerón no estaba en Roma: estaba en su villa de Anzio, a una jornada de la costa. Regresó —cuenta Tácito— cuando las llamas ya amenazaban el palacio y los Jardines de Mecenas. Y al volver tomó medidas que cualquier cronista justo debe consignar: abrió al pueblo el Campo de Marte y sus propios jardines, levantó cobertizos de emergencia para los que se habían quedado sin nada, hizo traer víveres de Ostia y de los municipios vecinos y bajó el precio del grano. Todo eso es cierto y todo eso fue popular.
Y todo eso —escribe Tácito con una sequedad demoledora— «caía en el vacío». ¿Por qué? Por una sola frase que ya corría de boca en boca antes de que se enfriaran las cenizas:
«Se había corrido el rumor de que en el mismo momento en que la Ciudad estaba en llamas él había subido a un escenario en su propia casa y había cantado la caída de Troya, comparando los males presentes con las catástrofes del pasado.»
Suetonio lo da por hecho y lo viste de teatro: que Nerón contempló el incendio «desde lo alto de la torre de Mecenas, encantado, según dijo, de la hermosura de la llama, y vestido en traje de teatro cantó al mismo tiempo la toma de Troya».
Conviene que esta corresponsal sea clara con sus lectores, porque para algo cobra de Pultsar y no del Palatino: nadie ha podido confirmar la escena de la lira. Tácito la registra como rumor —«se había corrido el rumor»—, no como hecho. Hasta los que la repiten discrepan sobre el escenario: unos dicen que cantó en el palacio, otros que en la azotea, otros que en la torre de los jardines de Mecenas. Cuando tres testigos no coinciden ni en el dónde, lo prudente es archivar el qué. Pero hay rumores que matan más que el fuego, y este ya está fuera de control: el emperador artista, el citaredo que ensaya su arte mientras su capital se calcina, es un retrato demasiado redondo para que la calle renuncie a él.
Política: el solar más caro del mundo
Y aquí, lectores, está la parte que el rumor entiende sin que nadie se la explique. Porque la pregunta que de verdad importa no es si Nerón cantó, sino esta otra: ¿a quién beneficia un solar?
El fuego arrasó con especial saña el valle entre el Palatino, el Celio y el Oppio: justo el terreno más codiciado del planeta. Y sobre esas cenizas —no en otro sitio— Nerón ha empezado ya a levantar lo que la Ciudad llama con la boca pequeña la Domus Aurea, la Casa de Oro. Tácito la describe sin necesidad de adjetivos venenosos, solo enumerando:
«Nerón se aprovechó de las ruinas de la patria y se construyó una casa en la cual las piedras preciosas y el oro […] no causaban tanta admiración como los campos abiertos y los estanques, con sus selvas por un lado, los espacios abiertos y bellas vistas por otro, a la manera de los sitios poco poblados.»
Un palacio con lago artificial, bosques privados y campiña abierta. En el centro de la mayor ciudad del mundo, donde el suelo se paga a peso de sangre, el príncipe se ha permitido el lujo de la campiña. Suetonio cuenta que en el vestíbulo se alzará un coloso de bronce del propio Nerón de ciento veinte pies de altura. Y hay un detalle que la plebe del Subura repite con los dientes apretados: la segunda oleada del fuego, la que rebrotó cuando ya se daba por vencido y ardió otros tres días, «había salido de una finca de Tigelino» —el prefecto del pretorio, el hombre de confianza del emperador, antiguo entrenador de caballos de carreras ascendido a brazo armado del régimen—.
Esta corresponsal no acusa. Tácito tampoco acusó. Pero registramos lo que registró él: que el fuego limpió justo el terreno que el poder necesitaba, y rebrotó justo desde la propiedad del hombre del poder. Saque el lector sus cuentas; nosotras solo ponemos los números en fila.
Reportaje: a quién le ha tocado pagar el rumor
Un príncipe sobre el que pesa la sospecha de haber quemado su propia capital necesita, con urgencia, otro culpable. Y Nerón lo ha encontrado.
«Para eliminar tal rumor, Nerón buscó unos culpables y castigó con las penas más refinadas a unos a quienes el vulgo odiaba por sus maldades y llamaba cristianos. El que les daba este nombre, Cristo, había sido condenado a muerte durante el imperio de Tiberio por el procurador Poncio Pilato.» (Tácito, Anales)
Son una secta pequeña, recién llegada de Judea, mal vista por extranjera y por reservada. La acusación oficial no es ya el incendio —que costaría probar— sino algo más cómodo y más vago: «odio al género humano». Detuvieron primero a los que se confesaban del culto; luego, delatados por estos, a una multitud. Y lo que vino después esta corresponsal lo escribe con la mano firme aunque el estómago no acompañe, porque ocurrió y callarlo sería ser cómplice del que lo ordenó:
«Cuando morían, se les añadían humillaciones tales como hacerles perecer despedazados por perros después de haber sido cubiertos con pieles de fieras o clavados en cruces, o se les preparaba para ser quemados y se les ponía fuego cuando faltaba la luz del día para que sirviesen de iluminación nocturna. Nerón había ofrecido sus jardines para ese espectáculo y además patrocinaba unos juegos de circo, vestido de auriga y mezclado entre la plebe o subido en un carro.»
Léanlo otra vez: antorchas humanas para alumbrar una fiesta de jardín, y el emperador paseándose entre ellas disfrazado de auriga, saludando a la multitud. Y entonces ocurrió algo que ni el propio Tácito —que no siente la menor simpatía por la secta— pudo dejar de anotar: el pueblo, que los odiaba, empezó a compadecerse de ellos. Porque entendió que no morían por la justicia ni por el bien público, sino «para satisfacer la crueldad de uno solo».
Ese es el precio de un chivo expiatorio mal elegido: que la víctima acaba más limpia que el verdugo.
Cierre: lo que queda cuando se enfría la ceniza
A esta corresponsal, que ha cubierto los nueve días desde el Esquilino sin más despacho que una tablilla y la rodilla por mesa, le toca cerrar con lo único que la crónica puede ofrecer cuando los hechos son demasiado grandes: una cuenta.
Cuatro regiones en pie. Tres borradas del mapa. Siete a medias. Templos de los reyes de Roma, botines de las Guerras Púnicas, todo lo que «la antigüedad había dejado de curioso y digno de memoria» —en palabras de Suetonio—, ido en humo. Una secta perseguida que ha ganado en una sola noche más mártires que conversos en una década. Un palacio de oro creciendo sobre el solar de los muertos. Y una frase de cinco palabras, forte an dolo principis incertum, que la historia no va a poder cerrar nunca.
Roma reconstruirá. Lo hace siempre: con calles más anchas esta vez, con pórticos de piedra, con normas contra la madera. Pero hay una cosa que el mármol nuevo no va a tapar, y es la pregunta que esta mañana se hacen en voz baja, entre las tumbas de la vía Apia, los que lo perdieron todo: si la Ciudad ardió por accidente, ¿por qué el único que ha salido ganando duerme ya en un palacio con lago?
No tengo la respuesta. Tácito tampoco la tuvo. Pero la pregunta, lectores, no la apaga ningún cortafuegos.
— Livia Tácita, desde el barrio del Esquilino, Roma.
Garum Escómbrico — Sociedad Salsamentaria de Nova Carthago
¿Le ha dejado la noche con mal sabor de boca?
La salsa de pescado más cotizada del Mediterráneo occidental, fermentada al sol de la Bética en cubas de las Columnas de Hércules. Una gota convierte las gachas del refugiado en cena de senador. Resiste el traslado en ánfora sellada, las noches a la intemperie y los veranos más sofocantes de julio: cuando todo lo demás se echa a perder, el garum aguanta. Proveedores de las mejores mesas del Palatino que aún siguen en pie.
* Donativo para el proyecto Pultsar News
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