CIEN MIL MUERTOS EN UN VERANO: la peste vacía Florencia, y siete damas y tres jóvenes huyen a las colinas a contarse historias para no enloquecer

Florencia, verano de 1348. La peste llegada de Oriente ha matado, según se cree, a más de cien mil almas entre marzo y julio. Se entierra a los muertos en fosas, por capas, como mercancía de barco. En una iglesia medio vacía, diez jóvenes deciden que, si el mundo termina, lo hará contando cuentos.

CIEN MIL MUERTOS EN UN VERANO: la peste vacía Florencia, y siete damas y tres jóvenes huyen a las colinas a contarse historias para no enloquecer
Una calle de Florencia en el verano de 1348: los vecinos sacan a sus muertos a las puertas de las casas, los becchini cargan las parihuelas y el humo de las hierbas quemadas contra el «aire corrupto» se mezcla con el hedor. Al fondo, la cúpula aún sin terminar de Santa Maria del Fiore.
Florencia, verano de 1348

FLORENCIA, PRIMAVERA Y VERANO DE 1348 | FRAY GUILLERMO | 🏰 MEDIEVAL TODAY · CRÓNICAS

La ciudad más hermosa de Italia se está quedando sin nadie que la mire. A las puertas de las casas, especialmente al amanecer, hay cadáveres sin cuento, amortajados de cualquier manera o sin amortajar siquiera, esperando a que pase la parihuela. El que esto escribe ha visto una sola angarilla cargar marido y mujer juntos, y otra a dos hermanos, y otra a un padre con su hijo. Por las calles flota un humo dulzón de hierbas quemadas con que los vivos tratan de espesar el aire contra el hedor de los muertos, y por encima de todo ello se alza, aún sin coronar, la cúpula de Santa Maria del Fiore, que quizá ya no vea terminar ninguno de los que hoy huyen.

Pongo por testimonio lo que vieron mis ojos, porque hay cosas que, de no haberlas visto uno mismo, apenas se atrevería a escribirlas.

Crónica: de Oriente vino, y nada la detuvo

Cuentan los que llevan la cuenta de los años que corría el de mil trescientos cuarenta y ocho de la Encarnación cuando la mortandad entró en Florencia. No nació aquí: venía de las partes de Oriente, donde años atrás ya había despoblado comarcas enteras, y de allí, sin descanso, de un lugar a otro, se vino lamentablemente hacia Occidente. Hay quien la atribuye a la influencia de los astros; hay quien, con más temor de Dios, la tiene por justo castigo de nuestras iniquidades. El cronista no juzga la causa: registra que, fuera cual fuese, contra ella no valió ni saber humano ni providencia alguna.

Y no porque no se intentara. Se purgó la ciudad de inmundicias por oficiales nombrados al efecto. Se prohibió la entrada a todo enfermo. Se dieron mil consejos para conservar la salud. Se elevaron a Dios humildes súplicas, no una sino muchas veces, en procesiones ordenadas y de otras maneras. Al entrar la primavera, la enfermedad empezó, de modo horrible y portentoso, a mostrar sus dolorosos efectos. Ninguna de aquellas medidas la rozó siquiera.

Medicina: los gavoccioli y el tercer día

Conviene que el lector sepa cómo mata esta peste, porque en el cómo está todo su espanto. No se anuncia con sangre por la nariz, como hizo en Oriente. Aquí, lo primero que aparece, en hombres y mujeres por igual, son unas hinchazones en la ingle o bajo las axilas —los gavoccioli, que el vulgo llama bubas—, unas del tamaño de una manzana común, otras como un huevo, unas mayores y otras menores. De esas dos partes del cuerpo, en breve espacio, las bubas mortales pasan a brotar por todas partes; y al cabo la cosa muda en manchas negras o lívidas, primero en brazos y muslos y luego por todo el cuerpo, en unos grandes y ralas, en otros pequeñas y espesas. Y así como las bubas fueron y siguen siendo señal certísima de muerte próxima, así lo son también esas manchas para todo aquel a quien le salen.

Contra estos males no valió consejo de médico ni virtud de medicina. Casi todos morían al tercer día de aparecer las señales, este antes y aquel después, y las más de las veces sin fiebre ni otro accidente. Y los médicos —entre los cuales, sépase, el número de los que jamás aprendieron arte de curar había crecido sin medida— no acertaban a saber de dónde nacía el mal, y así tomaban medidas que no eran.

Lo más temible es cómo se pega. Prendía en el sano por el trato con el enfermo no de otro modo que el fuego en las cosas secas o grasas cuando se les acerca mucho. Y aún era peor: bastaba tocar las ropas o cualquier cosa que el enfermo hubiera usado para contraer el mal. Diré algo que apenas creería si no lo hubiera visto: los andrajos de un pobre muerto de peste, arrojados a la vía pública, fueron hozados por dos cerdos que, tras revolverlos con el hocico y zarandearlos con los dientes, al poco rato, como si hubieran tomado veneno, cayeron muertos sobre los mismos trapos. Esto lo vi yo.

Sociedad: tres maneras de tener miedo

De tanto espanto nacieron en los vivos tres maneras de afrontarlo, y las tres merecen anotarse, porque retratan al hombre mejor que cualquier sermón.

Unos pensaron que vivir con mesura y apartarse de todo exceso era la mejor defensa. Se juntaron en compañías, se encerraron en casas donde nadie hubiera enfermado, usaron con templanza de los manjares más delicados y los vinos más finos, y allí pasaban el tiempo con música y los entretenimientos que podían, sin dejarse hablar por nadie ni querer oír nueva alguna de muertos o enfermos de fuera.

Otros, de parecer contrario, sostuvieron que el remedio cierto era beber sin tasa, andar cantando y de fiesta, satisfacer todo apetito y reírse de cuanto sucediera. Y lo ponían por obra como mejor podían, yendo de día y de noche de una taberna a otra, y aún más libremente en las casas ajenas, pues como cada cual se tuviera por muerto, había abandonado el cuidado de sus bienes y de sí mismo, y las más de las casas habían venido a ser de común, y el extraño las usaba como pudiera el propio dueño.

Hubo un tercer grupo, de término medio, que ni se mortificaba en el comer como los primeros ni se desmandaba como los segundos, sino que usaba de todo en suficiencia; y estos, sin encerrarse, salían llevando en las manos flores, hierbas olorosas y diversas especias que se arrimaban a menudo a las narices, teniendo por excelente cosa confortar el cerebro con tales olores, pues el aire parecía todo cargado y corrompido por el hedor de los cuerpos.

Las grandes fosas comunes abiertas en el cementerio de una iglesia florentina: los cadáveres apilados por capas y cubiertos con una fina capa de tierra, «como se estiba la mercancía en la bodega de un barco», en palabras del cronista Boccaccio.
Las grandes fosas comunes abiertas en el cementerio de una iglesia florentina: los cadáveres apilados por capas y cubiertos con una fina capa de tierra, «como se estiba la mercancía en la bodega de un barco», en palabras del cronista Boccaccio.

Salseo amargo: cuando el hermano abandona al hermano

Aquí la crónica deja de ser curiosa y se vuelve dolorosa, porque lo que la peste rompió no fueron solo los cuerpos. La reverenda autoridad de las leyes, divinas y humanas, quedó disuelta, pues sus ministros estaban muertos, enfermos o tan faltos de subalternos que no podían ejercer oficio alguno; y cada cual tuvo licencia para hacer lo que le pluguiera.

Y lo que se quebró más hondo fue la sangre. El espanto entró tan adentro en los corazones que el hermano abandonó al hermano, el tío al sobrino, la hermana al hermano y, muchas veces, la mujer al marido. Y lo que es más extraordinario y casi increíble: padres y madres rehusaron visitar y cuidar a sus propios hijos, como si no fueran suyos. A los enfermos —cuyo número era incalculable— no les quedó más socorro que la caridad de los pocos amigos que la tenían o la codicia de los criados, atraídos por salarios desorbitados; y aun estos, gente ruda y no acostumbrada al oficio, servían apenas para alcanzar lo que el enfermo pedía o para anotar cuándo moría.

Tan deprisa se moría que el luto mismo se acabó. Cesaron los duelos, los cirios, el acompañamiento. La gente, dice la verdad este fraile aunque le pese, dejó de hacer más caso de los hombres que morían del que hoy se haría de unas cabras.

Reportaje: las fosas y el campo

Los muertos del común, retenidos en sus casas por la pobreza, enfermaban a millares y morían casi todos sin auxilio. Muchos exhalaban el último aliento en plena calle; de otros, encerrados, se sabía que habían muerto antes por el hedor de sus cuerpos que de otro modo. Los vecinos, más por temor al contagio que por caridad, sacaban los cadáveres y los dejaban ante las puertas.

Y como la tierra consagrada no bastaba para sepultar semejante multitud, se abrieron en los cementerios, cuando todo lo demás estuvo lleno, enormes fosas, donde los que iban llegando eran depositados a centenares, amontonados por capas:

“…y siendo apilados allí por capas, como se estiba la mercancía en la bodega de un barco, se cubrían con un poco de tierra, hasta que se llegaba al borde de la fosa.”

Tampoco se libró el campo. Por las aldeas y los campos, los pobres labradores y sus familias, sin médico ni criado, morían no como hombres, sino casi como bestias, por los caminos y junto a las casas, de día y de noche. Y los bueyes, los asnos, las ovejas, los cerdos, las aves y hasta los perros, tan fieles, echados de sus casas, andaban sueltos por los campos donde el trigo se quedaba sin segar; y muchos, como criaturas de razón, después de pacer todo el día volvían de noche, hartos, a sus casas, sin que ningún pastor los guiara.

Reflexión: cien mil mesas vacías

¿Cuántos murieron? Se cree por cierto que, entre marzo y el julio siguiente, más de cien mil seres humanos perecieron dentro de las murallas de Florencia —una ciudad que, antes de la calamidad, acaso no se tenía por tan poblada—. El cronista anota la cifra como la oyó; si peca, peca por arriba o por abajo, pero el orden del espanto es ese.

Y detrás de la cifra están las mesas. Cuántos palacios magníficos, cuántas casas hermosas, cuántas familias memorables quedaron vacías hasta el último criado. Cuántas herencias sin heredero legítimo. Y la frase que mejor resume este verano la dejó escrita el florentino que lo vivió, y este fraile no sabría decirla mejor:

“¡Cuántos hombres valientes, cuántas damas hermosas, cuántos jóvenes gallardos, a quienes Galeno, Hipócrates o Esculapio habrían juzgado sanísimos, desayunaron por la mañana con sus parientes, compañeros y amigos, y esa misma noche cenaron con sus antepasados en el otro mundo!”

Cierre: diez jóvenes deciden no enloquecer

Y aquí, lectores, en medio de tanta muerte, ocurre lo único que da esperanza a esta crónica, y por eso la dejo para el final.

Un martes por la mañana, en la venerable iglesia de Santa Maria Novella, casi vacía, se encontraron siete damas jóvenes —ninguna mayor de veintiocho años ni menor de dieciocho, todas de noble sangre y honesta alegría—, vestidas de luto, como pedía la estación. Tras oír el oficio, se sentaron en corro en un rincón, y la mayor y más sensata de ellas, a quien el cronista de aquello llamó Pampinea, tomó la palabra. Vino a decir esto: que de nada servía quedarse a contar los muertos; que tenían villas en las colinas, huertos, vino fresco y buena música; y que, ya que aquí no había sino dolor, mejor sería retirarse al campo a vivir honestamente lo que les quedara, sin oír campanas de difuntos.

Siete damas jóvenes, en luto, reunidas en un rincón de la iglesia de Santa Maria Novella tras la misa, deliberando huir de la ciudad apestada hacia una villa en las colinas de Fiesole.
Siete damas jóvenes, en luto, reunidas en un rincón de la iglesia de Santa Maria Novella tras la misa, deliberando huir de la ciudad apestada hacia una villa en las colinas de Fiesole.

Se les unieron poco después tres jóvenes —Pánfilo, Filóstrato y Dioneo—, y los diez partieron a una villa entre los olivos de Fiesole. Allí acordaron una regla sencilla y luminosa: que cada tarde, a la sombra, cada uno contaría una historia a los demás. Diez personas, diez días, cien cuentos.

Mírese bien lo que hicieron, porque encierra una lección que ni el púlpito enseña mejor: cuando la peste lo había roto todo —la ley, la familia, el luto, el pudor, la cuenta misma de los muertos—, diez muchachos decidieron que lo último que un ser humano debe soltar, aunque el cielo se le caiga encima, es el relato. No huyeron solo de la muerte: huyeron hacia las historias. Y de aquel verano espantoso, mientras la ciudad se enterraba por capas como mercancía de barco, nació uno de los libros más vivos que ha dado la cristiandad.

A veces, contra la peste, lo único que queda en pie es un cuento bien contado. Y, por lo visto, basta.

— Fray Guillermo, desde una Florencia que aprende a enterrar a los suyos de cien en cien.

Vernaccia de San Gimignano — Bodega de las colinas de la Val d'Elsa

Vernaccia de San Gimignano — Bodega de las colinas de la Val d'Elsa

¿Le espera un retiro largo en el campo esta temporada?

El blanco dorado de las torres toscanas, el único vino que el sumo poeta Dante juzgó digno de citar por su nombre. Prensado en las laderas de San Gimignano y dejado reposar en carratello de castaño. Acompaña la conversación honesta, el queso curado y las tardes largas lejos del bullicio de la ciudad. Para quien ha decidido, con buen criterio, que la mejor compañía estos meses es la de unos pocos amigos discretos y una mesa bien puesta. Se entrega en bota sellada con la marca de la bodega.

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