EL HOMBRE DE LOS 35 MILLONES: se retira Diocles, el auriga lusitano que ganó más dinero que ningún atleta de la historia y vivió para contarlo

Roma, hacia el 146 d.C. Cayo Apuleyo Diocles cuelga las riendas a los 42 años tras 24 temporadas, 4.257 salidas y 1.462 victorias en el Circo Máximo. Su fortuna —35.863.120 sestercios— no la ha igualado deportista alguno. Pero el dato más raro de su lápida es otro: que está vivo para encargarla.

EL HOMBRE DE LOS 35 MILLONES: se retira Diocles, el auriga lusitano que ganó más dinero que ningún atleta de la historia y vivió para contarlo
Cayo Apuleyo Diocles guía su cuadriga en el giro de la meta del Circo Máximo, las cuatro cabalgaduras casi rozando la spina, ante 250.000 espectadores. El lusitano corrió 24 temporadas y se retiró invicto de la muerte a los 42 años.
Roma, hacia el 146 d.C.

ROMA, CIRCO MÁXIMO | MARCO CLAUDIO | 🦅 ROMA SPQR · DEPORTES

Empecemos por donde empieza todo el mundo cuando habla de este hombre: por el dinero. Treinta y cinco millones ochocientos sesenta y tres mil ciento veinte sestercios. Esa es la cifra que Cayo Apuleyo Diocles, lusitano, auriga de profesión, ha ganado a lo largo de veinticuatro temporadas dando vueltas a una pista de arena. Es, hasta donde alcanza la cuenta de este redactor, más de lo que ha ganado nunca ningún hombre por competir en nada. Y conviene que el lector se siente antes de que le traduzca lo que significa esa montaña de monedas, porque no se lo va a creer.

Pero antes una advertencia de honradez, que en Pultsar se paga por adelantado: casi todo lo que sabemos de Diocles cabe en una sola lápida. No lo cuenta Tácito, no lo cuenta Suetonio, no lo cantó poeta alguno. Lo que queda de la carrera deportiva más lucrativa de la historia es un monumento de piedra que sus colegas de profesión —o él mismo— mandaron grabar con la contabilidad completa de su vida. Una factura en mármol. Así que esta crónica se apoya en ese mármol para los números, y en lo que toda Roma sabe del Circo para lo demás. Donde el mármol calla, lo decimos.

Deportes: las cifras de una carrera irrepetible

La lápida es minuciosa como un libro de cuentas, porque de eso se trata. Diocles se subió por primera vez a una cuadriga a los dieciocho años y se baja ahora, a los cuarenta y dos. En medio, veinticuatro temporadas y estos números:

  • 4.257 salidas a la pista.
  • 1.462 victorias.
  • Más de mil cuatrocientos segundos puestos y varios cientos de terceros.

Hagan la división: ganó una de cada tres carreras que corrió, durante un cuarto de siglo. En un deporte donde compiten cuatro a la vez y donde el segundo puesto ya no paga apenas, terminar primero un tercio de las veces a lo largo de veinticuatro años no es una racha: es un sistema. Diocles no era el más rápido en una tarde buena; era el que estaba arriba todas las tardes durante veinticuatro años.

La lápida desglosa hasta el tipo de victoria: las que ganó saliendo en cabeza y aguantando, las que ganó remontando desde atrás en la última vuelta —su especialidad, la que enloquecía a las gradas—, las que ganó en carreras de premio mayor con bolsas de quince y treinta mil sestercios. Es el primer atleta de la historia que se va con su propia ficha técnica grabada en piedra. Un fenómeno que sabía exactamente lo que valía.

Las doce carceres —cajones de salida— del Circo Máximo en el instante de abrirse: cuatro cuadrigas, una por facción (blanca, roja, verde, azul), lanzándose a la pista.
Las doce carceres —cajones de salida— del Circo Máximo en el instante de abrirse: cuatro cuadrigas, una por facción (blanca, roja, verde, azul), lanzándose a la pista.

Business: cuánto es de verdad 35 millones de sestercios

Aquí es donde el lector necesitaba estar sentado. Pongamos la fortuna de Diocles en cosas que se puedan tocar.

Un legionario del Imperio cobra hoy alrededor de mil doscientos sestercios al año. Con lo que Diocles ha ganado dando vueltas, se podría pagar la soldada de toda una legión —más de cinco mil hombres— durante cerca de seis años. O dicho como lo dicen los que calculan estas cosas en los despachos: la fortuna de un solo auriga lusitano bastaría para abastecer de grano a la ciudad de Roma entera durante casi un año, o para cubrir una quinta parte de lo que cuesta tener al ejército romano en pie de guerra durante una campaña.

Que quede claro de dónde sale esta cuenta, porque es importante: la cifra de los 35 millones es de la lápida, firme como la piedra. Las comparaciones son de quien esto escribe y de los estudiosos que han echado los números modernos —y los estudiosos modernos, puestos a traducirlo a la moneda de sus propios días, sostienen que Diocles sería hoy, con diferencia, el deportista mejor pagado que haya existido jamás, por encima de cualquier gladiador del balón o del cuadrilátero de épocas futuras—. Tómese la comparación por lo que es: una regla para hacerse a la idea, no un dato de la piedra.

¿Cómo se gana semejante fortuna? No con un sueldo. Diocles cobraba por victoria, y las bolsas de las carreras grandes eran descomunales; cobraba primas por remontada, primas por doblete, y —como toda estrella— fichajes. Porque sí: en el Circo había mercado de traspasos.

Crónica: cómo se gana una carrera en el Circo Máximo

Para entender por qué a este hombre le pagaban como a una legión, hay que bajar a la arena.

El Circo Máximo es el mayor recinto de espectáculos del mundo. Caben —lo dice quien ha contado las gradas— doscientos cincuenta mil espectadores, cinco veces el aforo del anfiteatro Flavio donde se matan los gladiadores. Una cuadriga es un carro ligerísimo, poco más que un eje, dos ruedas y una tabla para ir de pie, tirado por cuatro caballos en línea. Se corren siete vueltas al circuito en torno a la spina central, unos cuatro mil pasos de galope tendido. Gana el primero que cruza tras la séptima.

Todo se decide en los giros. Al final de cada recta, la pista se cierra contra las metae —los conos de bronce dorado que marcan la curva— y ahí, en ese embudo, es donde se gana, se pierde y se muere. El auriga que toma la curva más pegado a la spina recorta camino; el que la toma una pulgada demasiado cerrado, vuelca. Y volcar en una cuadriga romana no es como volcar en una griega: el auriga romano se ata las riendas a la cintura para gobernar con el peso del cuerpo, de modo que si el carro vuelca, los caballos lo arrastran por la arena enganchado a su propia ventaja. Por eso cada auriga lleva al cinto una falx, una hoz curva, con un único propósito: cortar las riendas antes de que lo maten. A un choque así lo llaman naufragium. Naufragio. La palabra lo dice todo.

Diocles era un maestro del giro y, sobre todo, de la paciencia: dejaba que los demás se mataran en las primeras vueltas y aparecía por fuera en la última. Por eso las gradas lo adoraban. Una remontada en la séptima vuelta, con doscientos cincuenta mil gargantas de pie, es la cosa más parecida a un terremoto que puede producir una ciudad.

Salseo: facciones, hinchas y tablillas de maldición

Nadie corre solo en Roma. Se corre por colores. Cuatro facciones se reparten el Circo, cada una con sus cuadras, sus caballerizos, sus médicos de caballos y sus hinchadas: los Blancos (albata), los Rojos (russata), los Verdes (prasina) y los Azules (veneta). A los colores, cuenta quien estudia estas pasiones, se les buscó hasta un sentido cósmico —las cuatro estaciones, los cuatro elementos, el verde de la tierra contra el azul del mar—, pero a la grada le da igual la cosmología: la grada dedica la vida y la hacienda al color que ha abrazado, y punto.

Diocles vistió las cuatro casacas a lo largo de su carrera —empezó de Blanco, pasó por el Verde y dio sus mejores años al Rojo—, lo cual lo convierte en algo parecido a un mercenario de lujo: el aficionado no quería a Diocles, quería a su Diocles, el de su color esta temporada.

La afición por las facciones no es una afición tranquila. Los emperadores mismos han sido hinchas declarados y peligrosos: se recuerda todavía a Calígula, fanático del Verde hasta el delirio, comiendo en los establos de su facción y prometiendo un consulado a su caballo favorito. Y la calle va más lejos que el palco. Bajo la arena del Circo, los arqueólogos del futuro encontrarán enterradas a centenares las tabellae defixionum: tablillas de plomo en las que un hincha anónimo escribía el nombre de los caballos y el auriga del color rival y pedía a los dioses de abajo que les partieran el cuello en la primera meta. Maldiciones por escrito, dobladas, clavadas con un clavo y enterradas junto a la pista la víspera de la carrera. Esa es la temperatura real de este deporte.

Una tablilla de plomo —defixio— enrollada y clavada, de las que los hinchas enterraban junto a la pista para maldecir a los caballos y aurigas de la facción rival.
Una tablilla de plomo —defixio— enrollada y clavada, de las que los hinchas enterraban junto a la pista para maldecir a los caballos y aurigas de la facción rival.

Reflexión: el dato más raro de la lápida

Y llegamos a lo que de verdad asombra a este corresponsal, que ha visto correr y caer a muchos. No es la fortuna. Es la edad.

Diocles se retira a los cuarenta y dos años, vivo y entero.

En un oficio donde el naufragium es rutina y donde la mayoría de los grandes nombres acaban con una hoz en la mano cortando riendas que ya no llegan a tiempo, llegar a viejo —cuarenta y dos es viejo para un auriga— es una rareza estadística mayor que los 35 millones. La pista está llena de lápidas de muchachos de veinte, veintidós, veinticinco años, niños prodigio que ganaron cien carreras y se mataron en la ciento una. La lápida de Diocles es de las poquísimas que su propio dueño pudo leer.

Ese es, para quien esto firma, el verdadero récord: no haber ganado más que nadie, sino haber ganado más que nadie y haberse bajado del carro por su propio pie. Diocles entendió algo que el Circo no perdona a casi ninguno: que el arte no está solo en tomar la meta pegado a la spina, sino en saber cuándo dejar de tomarla.

Cierre: una factura en piedra

Decíamos al principio que de este hombre solo queda una lápida, y es momento de honrar esa lápida por lo que es. No tenemos su rostro, no tenemos su voz, no tenemos una sola anécdota de su carácter: no sabemos si era arrogante o humilde, generoso o agarrado, querido por sus mozos de cuadra u odiado. Sabemos lo único que él quiso que supiéramos, lo que mandó grabar en el mármol con la precisión de un contable: cuántas veces salió, cuántas ganó, y cuánto cobró por ello.

Quizá sea la forma más romana de todas de pasar a la historia. Otros dejaron tratados, templos, conquistas. El lusitano dejó una hoja de resultados, perfecta, cerrada, imbatible, y se marchó a vivir de las rentas con los huesos sin romper. Hay quien dirá que es poco para un hombre. Este redactor sospecha que Diocles, que sabía contar mejor que nadie, lo consideraba más que suficiente.

Cuelga las riendas el mejor pagado de todos. Y, contra todo pronóstico del Circo, lo hace de pie.

— Marco Claudio, desde las gradas del Circo Máximo, Roma.

Ungüento Hipíada — Embrocación para tendones de la cuadra de Praeneste

Ungüento Hipíada — Embrocación para tendones de la cuadra de Praeneste

¿Llega su tronco de cuatro entero a la séptima vuelta?

La embrocación de hierbas y resinas que los mejores cuadreros del Circo aplican a cuartillas, corvejones y tendones la noche antes de la carrera. Calienta el músculo, sostiene la articulación y le saca a su tiro media vuelta de fondo en el último giro. Probada en cuadras de las cuatro facciones. Tarro de barro sellado con la marca de la cuadra; instrucciones de fricción incluidas. Porque el caballo casi siempre aguanta más que el auriga: cuídelo en consecuencia.

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