¡COSE O MUERE! El infierno silencioso de las needlewomen del East End: 14 horas al día por un chelín y medio a la semana
Whitechapel, diciembre de 1850. Bajamos a un sótano para acompañar una jornada de costura de una mujer que hace camisas a peniques. La lámpara dura hasta las tres de la madrugada. El sweater pasa el viernes a llevarse su parte. Crónica del trabajo invisible que viste a Inglaterra.
LONDRES, EAST END, DICIEMBRE DE 1850 | ELEANOR CARLISLE | ⚙️ INDUSTRIAL TELEGRAPH · FLEET STREET SIGNALS
La señora R. tiene treinta y dos años, está sentada en un taburete junto a una mesa de tabla pelada y cose una camisa de lino azul que mañana llevará puesta un dependiente de Cheapside. La habitación es la única que tiene. Mide dos metros y medio por tres y medio. En un rincón duerme su hijo de cuatro años envuelto en lo que era el chal de su difunta madre. En el otro hay un balde, un orinal vacío y un bulto de paja sobre el que ella misma se acuesta cuando puede. La lámpara de aceite, encima de la mesa, es un cuenco de hierro con una mecha de algodón encendida desde las cinco de la tarde. Son las once y veinte de la noche. Le quedan dos horas y media de combustible.
Cuando preguntamos cuántas camisas va a coser hoy, la señora R. levanta la vista, fija el ojo en un punto detrás de nosotros, y dice con voz neutra:
“Si Dios me ayuda, cuatro. Si la lámpara aguanta, cinco. La quinta nunca queda bien.”
A 1 penique y medio por camisa, cuatro camisas son seis peniques. La cesta de comida del día —medio cuartillo de leche, cuatro onzas de queso, un trozo de pan moreno y una pizca de té sin azúcar— le ha costado ocho peniques esa misma mañana. La cuenta no cuadra. Lleva siete años sin cuadrar.
Las cifras de un oficio que no cabe en una hoja de cálculo
El precio de la camisa terminada que la señora R. devolverá mañana a su intermediario es de un chelín y medio, o dieciocho peniques. De esos dieciocho, el comerciante de Cheapside paga uno y medio a quien la cose. Los dieciséis y medio restantes se los llevan, en orden de aparición: el sweater, el slop-shop, el wholesale, el minorista. La camisa la pagará el dependiente a tres chelines y seis peniques. Habrá pasado por siete manos y solo una de ellas la habrá tocado durante doce horas.
El Coronel A’Court, comisionado del informe oficial de la Poor Law Commission de 1840, lo dejó por escrito en un párrafo que la prensa de Westminster no quiso reproducir y que los manufactureros del East End siguen citando sin rubor cuando algún periodista pregunta:
“Las mujeres declaran todas que, trabajando entre doce y quince horas diarias, no pueden ganar más de un chelín y seis peniques por semana. Los manufactureros aseguran, en cambio, que con trabajo regular pueden ganar de cuatro a seis chelines en circunstancias ordinarias. Mientras tanto, la demanda de costureras crece: no es inusual ver hand-bills pegados por la ciudad pidiendo de quinientas a mil stitchers adicionales.”
A precios de Whitechapel, un chelín y seis peniques a la semana son dieciocho peniques. El alquiler del cuarto de la señora R. es un chelín y tres peniques. Le sobran tres peniques. Para todo: comida, carbón, ropa, lámpara, jabón, cualquier accidente.
La señora R. resuelve la ecuación de la única manera posible: cosiendo más horas. Doce, catorce, dieciséis cuando la fatiga aún se lo permite. La pregunta no es cómo aguantan, sino qué les hace falta abandonar para aguantar. La respuesta, en su caso: el aire, el sueño, la comida caliente, el médico cuando el niño tose, la manta de invierno cuando la prendería ya tiene las dos del año pasado, y la posibilidad de imaginar que el mes siguiente será distinto al actual.
El sweater: el oficio más rentable del East End
Hay un personaje en este relato que no aparece nunca en los anuncios y que sin embargo lo orquesta todo. Lo llaman sweater, intermediario, piece-master. Su oficio es comprar lotes de tela cortada al slop-shop de Aldgate, repartirla los lunes por las habitaciones de viudas, costureras y mujeres con maridos enfermos, y volver los viernes a recoger camisas terminadas. La diferencia entre lo que el slop-shop le paga por entregar el lote y lo que paga él mismo a las costureras es su salario. Ese margen oscila, según testimonios recogidos por Henry Mayhew en sus cartas al Morning Chronicle el invierno pasado, entre un treinta y un sesenta por ciento del precio.
Un sastre del West End, anónimo a petición propia, le dijo a Mayhew con palabras que esta corresponsal repite literalmente porque no sabría mejorarlas:
“El sweater es el mayor mal que tenemos. El sistema del sweating multiplica la mano de obra hasta el infinito. Los maestros y los sweaters buscaron por todas partes manos que no pudieran encontrar trabajo en otro sitio: viudas con niños, esposas de marineros embarcados, irlandesas recién llegadas, chicas desahonradas. A todas las introdujeron en el oficio.”
Y otra entrevista, esta vez a un joven sastre escocés de veintiún años recogido en el Asylum for the Houseless Poor de Cripplegate la semana pasada, donde durmió tres noches sin haber comido en otras dos:
“Yo vivía con un sweater al oeste de la ciudad. Comía y dormía bajo su techo. Pero al final de cada semana, me hacía aparecer en deuda con él. Había noches que tenía que coser hasta el alba. Por más que matara las horas, nunca conseguía salir del rojo. Éramos seis en la habitación. Dos por cama.”

A la señora R. el sweater le pasará el viernes a las cuatro de la tarde. Llevará un sombrero hongo, una libreta de cuero negra, y un olor a ginebra que en el barrio se ha convertido en signo de oficio. Le contará las camisas, le pagará los peniques que correspondan a la cuenta menos la deuda anterior (siempre hay deuda anterior), y le dejará en la mesa el siguiente lote de tela cortada para la semana próxima.
Por qué pasa esto: la aritmética de un país lleno de viudas
El Imperio del Algodón del que hablan en los discursos parlamentarios necesita, para mantener sus precios competitivos frente a los telares franceses y americanos, una clase trabajadora femenina que cobre por debajo del coste de subsistencia. Esa clase, en la Inglaterra del 1850, existe en abundancia anormal: la guerra contra Napoleón dejó cientos de miles de viudas; el cólera de 1832 y la influenza recurrente que vuelve cada invierno desde la India elevan la mortalidad masculina; la migración irlandesa tras la Hambruna trae a Liverpool y a Londres a familias enteras donde el padre ha muerto en el barco o en la fiebre del puerto. Friedrich Engels, en The Condition of the Working-Class in England, publicado hace seis años en Leipzig, lo cifra: en cada manzana del East End hay entre ocho y once viudas con hijos sin pensión, sin oficio, y sin más opción que la aguja, la prostitución o el workhouse.
La aguja es la opción menos infame de las tres. Las otras dos pesan, a su manera, sobre todo lo que se hace en estos cuartos a las doce de la noche.
Lo que no se ve: el cuarto, el orinal, la lámpara apagándose
Hay aspectos de este oficio que ningún informe oficial recoge porque ningún funcionario ha pasado dieciséis horas en una habitación de dos por tres metros y medio sin ventilación. Lo escribimos aquí, no por morbo, sino porque la cuenta económica es incompleta sin estos datos:
- El balde del rincón es a la vez palangana de aseo, balde de fregar y, si la noche es muy fría y bajar al patio común es imposible, sustituto del orinal.
- La lámpara consume aceite por valor de medio penique al día. Cuando se acaba, la señora R. cose por el resplandor del fogón si queda carbón. Si no queda carbón, deja de coser.
- El chal que cubre al niño es la única prenda decente de la casa. Se empeña los lunes a primera hora en la prendería de Petticoat Lane y se rescata los sábados por la noche cuando llega el pago del sweater. Coste del préstamo semanal: un penique. La prendería se llama, sin ironía, The Three Balls (Las Tres Bolas), por el escudo gremial de los prestamistas medievales.
- El niño no va a la escuela. La escuela de la parroquia exige una camisa limpia y zapatos. La señora R. cose camisas y nunca ha tenido ninguna que pueda llamar suya.

La pregunta que esta corresponsal lleva semanas haciéndose
Llevo seis semanas bajando al East End. He hablado con catorce shirtmakers, tres tailoresses, dos zapateras y una sombrerera. Las cifras se repiten. Los rostros se parecen. La lámpara siempre está a punto de apagarse. El sweater siempre olía a ginebra. El chal siempre estaba empeñado.
Mi pregunta no es por qué pasa esto. Eso lo explican los economistas de Manchester con elegancia: oferta excedente de mano de obra femenina, demanda elástica, precio que tiende al coste marginal de subsistencia. La pregunta es otra, y la dejo abierta porque no me corresponde responderla a mí sola:
¿En qué momento decidimos, como sociedad inglesa, que una mujer adulta podía coser dieciséis horas al día por un chelín y seis peniques a la semana, y que eso no era una emergencia humanitaria sino un capítulo del manual de economía política?
Cuando se lo pregunto al doctor Whitehead de la Sociedad Estadística de Londres, contesta con la fórmula que los caballeros de Westminster han hecho suya: “El mercado, señora Carlisle, encuentra su nivel.” Cuando se lo pregunto a la señora R., contesta con la suya:
“Si la lámpara aguanta, cinco. La quinta nunca queda bien.”
Cuando salimos de la habitación a la una y cuarto de la madrugada, la lámpara seguía encendida. La señora R. estaba terminando la tercera camisa. El niño llevaba una hora despierto en el rincón pero no había hecho un solo ruido. Sabía, a sus cuatro años, lo que su madre tarda en dejar de coser cuando alguien la interrumpe.
Bajé las escaleras. En la calle olía a carbón mojado y a niebla del Támesis. Los faroleros estaban apagando los últimos faroles de la calle. Mañana, en algún despacho de Cheapside, un dependiente de cuello almidonado se pondrá la camisa azul que la señora R. habrá terminado a las tres de la madrugada de hoy. No sabrá su nombre. No tiene por qué.
Yo sí lo sé. Y aquí queda escrito.
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