LA CICUTA — Crónica del último día de Sócrates: treinta días en cadenas, una nave de Delos y un gallo que nunca se pagó
Atenas, primavera del 399 a.C. La nave sagrada vuelve de Delos y la sentencia puede al fin ejecutarse. Sócrates lleva treinta días encadenado y ha rechazado la fuga que Critón le compró al carcelero. Antes del crepúsculo bebe la copa y deja un encargo: un gallo a Asclepio.
ATENAS, PRISIÓN MUNICIPAL, PRIMAVERA DEL 399 A.C. | PERICLES EL JOVEN | 🎭 GRECIA TIMES · ÁGORA NEWS
A la hora en que el sol cae sobre el Areópago, los pies de Sócrates ya están fríos. Lleva una hora exacta tumbado en el camastro de tabla pelada de la prisión municipal de Atenas. La copa de barro vacía, con un poso turbio al fondo, descansa boca abajo en el suelo de piedra. Junto a él, sentado en un taburete, Critón —el amigo de toda la vida, el que hace tres semanas le ofreció pagar al carcelero treinta minas para fugarle a Megara— sostiene la mano del moribundo y escucha la última frase coherente que Sócrates le dirigirá nunca:
“Critón, debemos un gallo a Asclepio. Paga la deuda, y de ningún modo lo olvides.”
Asclepio es el dios de la curación. La deuda es la ofrenda que se hace al sanador cuando un enfermo se cura. Sócrates, con la cicuta subiéndole ya por los muslos, está agradeciendo —con la calma de un huésped que se despide del anfitrión— haber sido curado de la vida. La frase es lo último que sale de su boca. Fedón, su discípulo más joven, en pie a tres pasos de la cabecera, se cubre el rostro con el manto y empieza a llorar sin ruido. Apolodoro rompe a gritar como un niño abandonado. Sócrates ya no oye nada de eso.
Tiene setenta años. Se acuestan los párpados. Critón le cierra los ojos.
Política: la acusación que se conserva en el Metroo
La sentencia que mata esta tarde a Sócrates se votó hace exactamente treinta y un días, en una sala del Areópago atestada de quinientos un dikastes —jueces atenienses sorteados por azar—. La acusación, que todavía hoy se conserva en el archivo del Metroo —el templo de la Madre de los Dioses, que sirve de archivo público a la ciudad— dice así:
“Melito Piteense, hijo de Melito, acusó a Sócrates Alopecense, hijo de Sofronisco, de los delitos siguientes: Sócrates quebranta las Leyes, negando la existencia de los Dioses que la ciudad tiene recibidos, e introduciendo otros nuevos; y obra contra las mismas Leyes corrompiendo la juventud. La pena debida es la muerte.”
Tres acusadores: Melito (en nombre de los poetas), Anito (artesanos y magistrados) y Licón (oradores). El verdadero promotor era el segundo. Anito, hombre de la facción demócrata recién restaurada tras los Treinta Tiranos, había sufrido en carne propia el desastre de los Treinta —su gobierno duró ocho meses, mató a 1.500 atenienses, exilió a 5.000—. Y entre los antiguos discípulos de Sócrates figuraba Critias, el más sangriento de aquellos Treinta. También figuraba Alcibíades, traidor de oficio. La amnistía del 403 prohibía formalmente acusar a nadie por su papel en los gobiernos del terror, pero no decía nada sobre acusar a su maestro.
El detalle se cuenta solo: la cicuta de hoy es por un cargo religioso, pero la cuenta política la firma la guerra del Peloponeso.
Crónica: ofreció defenderle Lisias y otra cosa pasó
El día del juicio —principios del mes Anthesterion, hace seis semanas— Lisias, el orador más caro de Atenas, redactó por su cuenta un discurso de defensa para Sócrates y se lo presentó. Sócrates lo leyó. Lo elogió. Y rechazó usarlo. La explicación se la dio al propio Lisias en una sola frase, traducida por toda Grecia desde entonces:
“La pieza es buena, Lisias. Pero no me conviene a mí. ¿Acaso no puede haber vestidos y calzares ricos y a mí no venirme bien?”
Platón —su discípulo joven, ya con el primer libro a medio escribir— intentó subir al tribunal a hablar en nombre del maestro. Empezó: “Siendo yo, oh atenienses, el más joven de los que a este lugar subieron…”. No le dejaron acabar la frase. Los jueces, irritados, le bajaron del púlpito a gritos. Veintiuno de los quinientos uno votaron a favor del que iba a hablar.
Sócrates se defendió solo. Como sospechaba que iban a hacerlo, provocó al jurado en lugar de halagarlo. La votación de la condena fue 281 votos por encima del corte: 280 a favor de la culpabilidad, 220 en contra. Si treinta dikastes hubieran cambiado de opinión, Sócrates habría salido libre.
Después de la condena, los jueces aún tenían que decidir la pena. Las dos opciones eran muerte o multa, a propuesta del propio acusado. Sócrates, en lugar de proponer una multa razonable, propuso al jurado que la república lo mantuviera de por vida en el Pritaneo —el edificio donde la ciudad alimenta a expensas públicas a los vencedores olímpicos y a los héroes de guerra—. Es decir: Sócrates pidió como castigo ser tratado como los atletas. Ochenta votos más se sumaron entonces al partido de la cicuta.
Sus discípulos consiguieron, en última instancia, que aceptara proponer una multa simbólica: veinticinco dracmas de su propio bolsillo (Eubulides dice cien). El jurado ya estaba decidido: muerte.
Salseo: la nave de Delos y los treinta días
A Sócrates lo prendieron y lo bajaron a la prisión municipal ese mismo día. Ahí debería haber muerto al amanecer siguiente, según costumbre. No murió. La razón es la única coincidencia ritual que ha alargado por treinta días la vida de un filósofo griego: la nave sagrada de Atenas a Delos había zarpado la víspera del juicio.
Cada año, Atenas envía una nave ceremonial al santuario de Apolo en Delos para conmemorar el viaje mítico de Teseo y los catorce jóvenes salvados del Minotauro. Mientras la nave está fuera, ningún ciudadano puede ser ejecutado por orden pública: la ciudad debe permanecer ritualmente limpia. Esta primavera, vientos contrarios la han mantenido fuera treinta días enteros. Sócrates ha pasado todo ese tiempo encadenado por las piernas en su celda.

Y aquí entra el detalle humano que la propaganda ateniense va a intentar tapar con polvo de archivo durante los próximos siglos:
Critón le había comprado la fuga al carcelero. La cantidad sigue en disputa entre las distintas versiones —treinta minas según unos, un talento entero según otros—, pero el carcelero aceptó el soborno y la barca esperaba en el Falero. Critón llegó a la celda al amanecer convenido con el manto del fugitivo al brazo. Sócrates, completamente despierto, le explicó que no podía ejecutar el plan.
La explicación no es retórica. Es jurídica. Sócrates argumentó que durante setenta años se había aprovechado de las leyes de Atenas: ellas le permitieron casarse, tener hijos, criarles, hacerse soldado en Potidea, Delión y Anfípolis, hablar libremente en el Ágora, formar discípulos. Romperlas ahora, una vez vueltas contra él, sería traición de discípulo a maestro. Critón devolvió el dinero. (Idomeneo el cronista sostiene que en realidad fue Esquines quien organizó la fuga y que Platón atribuyó la escena a Critón por simpatía narrativa; Pultsar registra ambas versiones.)
A Jantipa, su mujer, la prisión la dejó pasar la mañana del último día con sus tres hijos pequeños en brazos. Sócrates, viéndola gritar, pidió que se la llevaran a casa. La sacaron antes de la copa. El más pequeño —Menexeno, de tres años recién cumplidos— no entendía por qué su padre estaba en cadenas y no quería verle más.

Ingeniería: cómo se muere de cicuta
El modo de ejecución ateniense es, dicho con frialdad clínica, considerablemente menos doloroso que la mayoría de muertes naturales que un septuagenario puede esperar. La cicuta —Conium maculatum, planta de la familia de las umbelíferas— provoca una parálisis muscular ascendente que comienza por los pies y sube despacio hacia el corazón. El paciente conserva la conciencia hasta los últimos minutos, cuando el diafragma deja de moverse.
El carcelero le entregó la copa en la hora décima de la tarde. Sócrates le preguntó si podía hacer una libación a los dioses de la copa antes de beberla, y el carcelero —llorando, porque, dice Platón, había llegado a apreciar al condenado durante los treinta días de cárcel— le respondió que la dosis estaba calculada al miligramo y que cualquier libación reduciría su efecto. Sócrates aceptó la objeción profesional sin discutirla. Se bebió la copa entera de un trago, tranquilamente, como quien apura un vaso de agua tras una jornada calurosa. Pidió luego permiso para pasear por la celda hasta que sintiera pesadez en las piernas. Lo concedieron.
Anduvo unos minutos. Se acostó. Se cubrió la cabeza con el manto, gesto ritual de los moribundos atenienses. Apolodoro, su discípulo más sentimental, empezó a llorar a gritos. Sócrates, sin destaparse, le reprendió con voz ya débil: “He despedido a las mujeres precisamente para que no hubiera escándalo. Es ahora cuando se debe morir con propiedad”. Apolodoro se calló.
Pasó otro rato. Cuando notó la cicuta subiéndole desde los muslos, se descubrió un instante para hablar a Critón. Fue entonces cuando le encargó el gallo de Asclepio. Después se cubrió de nuevo y ya no volvió a hablar. Cuando el carcelero le tocó la nuca para comprobar el pulso, no había pulso.
Setenta años. Tres hijos. Un discípulo que va a fundar la filosofía occidental. Una frase final con una deuda en moneda de gallo.
Reflexión: lo que decía la copa que no decía la sentencia
A este corresponsal, que ha cubierto el caso desde la primera audiencia, le toca formular la pregunta que la prensa ateniense va a evitar mañana en sus despachos: ¿condenó Atenas a Sócrates por impío, o lo condenó por haber sido el maestro de Critias?
Por las dos cosas, mal mezcladas. La amnistía del 403 prohibía juzgar a nadie por su pasado político tras los Treinta Tiranos; la acusación tuvo, por tanto, que disfrazarse de cargo religioso. Pero el jurado entendió perfectamente lo que estaba votando. Lo que se castigaba con la cicuta no eran los dioses nuevos sino los nombres de los discípulos que habían pasado por el Ágora durante los últimos cuarenta años: Critias —el más sangriento de los Treinta— y Alcibíades —el traidor de oficio— sobre todo. Una ciudad que acaba de salir de un baño de sangre necesita un culpable simbólico, y Sócrates lo era. Era además ya viejo y se prestaba a serlo con dignidad.
Hay una segunda explicación que algunos discípulos del propio Sócrates sostienen y que este corresponsal anota: la copa no fue solo venganza política sino factura acumulada de cuarenta años de humillación intelectual. Sócrates pasó cuatro décadas haciendo preguntas en el Ágora a artesanos, magistrados, oradores y poetas que se creían sabios, demostrándoles en público que no lo eran. Eso no genera amistades. Genera votos cuando llega la oportunidad.
Las dos lecturas son ciertas y se solapan. Atenas le mató por las dos cosas a la vez.
Cierre: el arrepentimiento, la estatua de Lisipo y los versos de Eurípides
Lo que va a pasar a partir de ahora ya no le toca a Sócrates pero le toca al cronista. Atenas se va a arrepentir muy pronto. Las palestras y gimnasios cerrarán durante los días de duelo oficial. Melito, el primero de los acusadores, será él mismo condenado a muerte por el pueblo ateniense en menos de dos meses; Anito huirá a Heraclea, donde le expulsarán el mismo día en que llegue, y morirá en el destierro sin recibir nunca a un solo discípulo. Licón desaparecerá de la vida pública. En el Pompeyo —el edificio cívico donde Atenas honra a sus varones más ilustres— se erigirá una estatua de bronce de Sócrates esculpida por Lisipo, y permanecerá ahí, sobre un pedestal modesto, durante los siguientes seis siglos.
Eurípides, viejo enemigo de la mayoría, tenía ya escritos —antes incluso del juicio, en su tragedia Palamedes— estos tres versos que mañana van a citar en el Ágora todos los que voten en contra del próximo Anito de turno:
"Matasteis, sí, matasteis al más sabio, a la más dulce Musa, que a nadie fue molesta ni dañosa."
Y la frase que cierra mejor que ninguna otra esta crónica no me corresponde a mí, sino a Aristipo de Cirene —el discípulo más libre de los socráticos, el que años después abrió escuela en África y no volvió jamás a Atenas—. Cuando le preguntaron, ya entrado en la vejez, cómo había muerto su maestro Sócrates, contestó con tres palabras que en griego son aún más cortas que en español:
“Como yo deseo morir.”
— Pericles el Joven, desde la prisión municipal de Atenas.
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