¡ADIÓS A COPÉRNICO! El canónigo polaco que sacó la Tierra del centro del cosmos muere el mismo día en que le entregan su libro impreso
Frombork, Prusia, atardecer del 24 de mayo de 1543. Un correo entra al galope desde Núremberg con el primer ejemplar impreso de De Revolutionibus. Se lo ponen al canónigo Copérnico —hemipléjico, semiinconsciente— sobre el pecho. Acaricia la portada y muere esa misma tarde.
FROMBORK, COLINA CATEDRALICIA DE WARMIA, 24 DE MAYO DE 1543 | FRAY GUILLERMO | 🏰 MEDIEVAL TODAY · FEUDAL TIMES
A la hora décima de la tarde, cuando el sol del Báltico ya enrojece los tejados de cobre de la catedral de Santa María de Frombork, un correo entra al galope por la puerta sur con las alforjas mojadas de lluvia de Pomerania y un paquete envuelto en lienzo encerado bajo el brazo. Trae once jornadas en el cuerpo y un solo encargo: poner ese paquete en la mano del doctor Nicolás Copérnico, canónigo de esta catedral, sin esperar respuesta.
El doctor lleva semiinconsciente desde el amanecer. La apoplejía de diciembre le dejó paralizada la mitad derecha del cuerpo y la palabra reducida a sílabas; los últimos quince días no ha logrado sostener una cuchara. En la alcoba de su torre, la del ángulo noroeste —desde cuyo balcón observa desde hace treinta años los planetas con un cuadrante mural construido por él mismo en madera de tejo—, el obispo amigo Tiedemann Giese, que ha cabalgado dos días desde Chełmno para llegar a tiempo, ordena al correo entrar sin desmontar la capa.
Le abren el paquete. Dentro hay un volumen in folio de 405 páginas, encuadernado en cuero marrón fresco, con el dorso aún oloroso a cola de pescado. En la portada, en romanos de cuerpo grande, dice así:
NICOLAI COPERNICI TORINENSIS DE REVOLVTIONIBVS ORBIVM COELESTIVM, Libri VI. NORIMBERGAE APUD IOH. PETREIUM. ANNO M. D. XLIII.
Le ponen el libro sobre el pecho. Copérnico, que apenas mueve la mano izquierda, lo palpa lentamente —el lomo, la portada, el corte dorado del canto—. Cierra los ojos. No vuelve a abrirlos. Antes del crepúsculo está muerto. Tiene setenta años y tres meses.
Necrológica: canónigo de Warmia desde 1497
Mikołaj Kopernik nació en Toruń, en la Prusia real polaca, el 19 de febrero de 1473. Padre comerciante de cobre, madre de la patriciado de Toruń. Huérfano a los diez años, lo crió su tío materno Lucas Watzenrode, que llegaría a obispo de Warmia y le costeó dieciocho años de estudios en Cracovia, Bolonia, Padua y Ferrara: matemáticas, derecho canónico, medicina y, sobre todo, la astronomía que aprendió leyendo a Ptolomeo en latín y al árabe Al-Battani en traducción de Toledo.
Volvió a Warmia en 1503. Su tío le hizo canónigo de esta catedral de Frombork —cargo administrativo de por vida, con prebenda, sin obligación de ordenarse sacerdote— y le encomendó la gestión económica de los obispados, el levantamiento del catastro tras la guerra con los Caballeros Teutónicos, la reforma de la moneda prusiana (Monetae cudendae ratio, 1526), y la atención médica gratuita a los pobres del cabildo. Cumplió cuarenta años de canonicato sin un solo escándalo administrativo, lo que en este siglo de obispados desplumados es ya media beatificación.
La astronomía la trabajó por la noche, en la torre del ángulo noroeste de las murallas catedralicias. Sin telescopio —faltan sesenta y seis años para que Galileo apunte el suyo a Venus—, sólo con el ojo desnudo, un cuadrante y un sextante construidos a mano en su taller, y los cálculos a pluma sobre tablas alfonsíes copiadas del archivo de Cracovia.
Ciencia: lo que dice el libro que ha llegado esta tarde
El De Revolutionibus es un volumen técnico, denso, repleto de tablas de cosenos y diagramas geométricos. La mayoría de sus 405 páginas son ilegibles para cualquiera que no haya pasado por la quadrivium universitaria. Pero en el libro primero, en los capítulos del 5 al 11, Copérnico hace una cosa que ningún cristiano había osado escribir en negro sobre blanco desde que Aristarco de Samos lo dijo en Alejandría hace mil ochocientos años: dice que la Tierra no está quieta en el centro del cosmos, sino que gira sobre sí misma cada veinticuatro horas y orbita alrededor del Sol cada trescientos sesenta y cinco días.
El argumento es matemático, no teológico. Copérnico se queja de que el sistema de Ptolomeo, vigente desde el siglo II, exige a los planetas hacer piruetas absurdas —los famosos epiciclos: ruedecillas dentro de ruedas— sólo para que sus posiciones observadas cuadren con la teoría. Pone el Sol en el centro y todas las piruetas se evaporan: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno se ordenan en círculos limpios, las órbitas se calculan con menos parámetros, y de paso explica de un plumazo por qué Venus se ve siempre cerca del Sol (porque está dentro de la órbita terrestre) y por qué Marte se ve a veces grande y a veces pequeño (porque a veces la Tierra le adelanta).
No demuestra nada. Propone. Y avisa de que la consecuencia es enorme: si la Tierra se mueve, todo lo que la Biblia, Aristóteles, Santo Tomás y la propia Universidad de París dan por sentado sobre los cielos hay que reescribirlo.

Iglesia: el prólogo que un luterano metió sin permiso para salvar al canónigo del Santo Oficio
Aquí entra el episodio sucio que esta tarde, con el muerto aún caliente, ya circula entre los canónigos de Frombork con cara de espanto.
El libro lo llevó a la imprenta de Petreius en Núremberg el único discípulo que Copérnico ha tenido en cuarenta años: Georg Joachim Rheticus, profesor de matemáticas en Wittenberg —sí, en la mismísima universidad de Lutero— que llegó a Frombork en 1539, a los veinticinco años, atravesando media Europa luterana sólo para conocer al viejo canónigo católico cuya teoría había oído susurrar en latín entre matemáticos. Rheticus se quedó tres años. Publicó por su cuenta en 1540 un resumen del modelo (Narratio Prima) que circuló por toda Alemania. Convenció a Copérnico —que llevaba treinta años postergando la publicación por miedo al ridículo— de mandar a imprimir el manuscrito completo.
Rheticus se llevó el manuscrito a Núremberg en 1541. Confió la supervisión de la imprenta a un teólogo luterano local, Andreas Osiander, amigo del impresor Petreius. Tuvo que volver a Leipzig en 1542 a tomar posesión de una cátedra. Osiander, en su ausencia y sin permiso ni de Copérnico ni de Rheticus, añadió al libro un prólogo anónimo titulado Ad lectorem en el que se presenta toda la teoría heliocéntrica como una mera hipótesis matemática sin pretensión de verdad física —“el astrónomo no busca causas verdaderas sino sólo cálculos cómodos”—. Lo firmó sin firma. Lo coló en las primeras páginas antes del propio prefacio que Copérnico había dedicado al papa Pablo III.
Cuando el libro llegó esta tarde a la cabecera del moribundo, el primero en abrirlo fue el obispo Giese. Lo abrió por el prólogo. Lo leyó. Palideció. Le mostró el texto a Rheticus —que ha cabalgado desde Leipzig para asistir al maestro— y Rheticus tachó el prólogo de Osiander con una pluma en el ejemplar personal de Copérnico, escribiendo al margen la palabra latina FALSUM en mayúsculas. Pero al canónigo, ya sin oído ni vista, le pusieron el libro sobre el pecho sin contarle nada. Murió creyendo que su obra salía al mundo entera.

Salseo: Anna Schilling, el obispo Dantiscus y la otra batalla del canónigo
La carrera intelectual de Copérnico no fue lo único que le costó disgustos. La diocesana también.
El obispo de Warmia desde 1537, Johannes Dantiscus, poeta laureado por el emperador Maximiliano y diplomático de medio mundo, llevaba años recriminando a Copérnico —ya septuagenario— que tuviera viviendo bajo su techo a una mujer llamada Anna Schilling, viuda de un comerciante de Gdańsk, oficialmente su ama de llaves. Que la mujer fuera además familia lejana del canónigo por parte de madre no le bastó al obispo, que le exigió en cartas cada vez más airadas que la echara. “No es propio de un canónigo de mi diócesis”, le escribió Dantiscus en 1539, “compartir vivienda con una mujer en edad fértil aunque sea su parienta y sus cabellos sean ya canos.” Copérnico, harto, despidió a Anna en 1540 y la mandó a vivir con familiares en Gdańsk. Dantiscus le obligó incluso a firmar un acta notarial de no recibirla más bajo su techo.
Los canónigos de Frombork, esta tarde, cuchichean en el claustro que la última carta que Copérnico dictó —en marzo, antes de la segunda apoplejía— iba dirigida precisamente a Anna Schilling, pidiéndole que rezara por él. No se ha encontrado copia. El obispo Dantiscus ha mandado examinar el escritorio.
Sobre el otro frente —el discípulo luterano—, la diócesis tampoco lo perdonó. Que Copérnico aceptara como único pupilo a un profesor de Wittenberg, en plena Reforma, fue visto en Frombork como una imprudencia rayando en complicidad. Rheticus tuvo que disfrazar su entrada en la ciudad. Vivió tres años en casa del canónigo presentado como “matemático de paso”. Y el obispo Dantiscus llegó a prohibir por edicto la presencia de luteranos en la diócesis precisamente el año en que Rheticus partió hacia Núremberg con el manuscrito.
El libro que acaba de morir abrazando Copérnico ha salido, por tanto, escrito por un canónigo católico, llevado a imprenta por un luterano, prologado a escondidas por otro luterano para protegerlo del Santo Oficio católico, e impreso por un editor luterano en una ciudad imperial libre. La Cristiandad partida en dos, este siglo, no le hizo ascos a un libro raro mientras el libro fuera bueno.
Reflexión: lo que el canónigo no llegó a oír
A este corresponsal, que ha cubierto el caso desde la Narratio Prima de Rheticus y que dejó Chełmno hace diez días para llegar a la cabecera del moribundo, le toca anotar la paradoja con la que cierra esta crónica.
Copérnico ha muerto creyendo dos cosas que no son del todo verdad. La primera, que su libro salió al mundo entero: no, lleva un prólogo apócrifo que durante los próximos sesenta años va a permitir a media Cristiandad citarlo como si fuera una broma matemática. La segunda, que la Iglesia lo recibiría con curiosidad: no, el papa Pablo III —a quien dedicó el prefacio— jamás lo leerá. Tendrán que pasar setenta y tres años para que en 1616 el Santo Oficio incluya el De Revolutionibus en el Índice de Libros Prohibidos “hasta corrección”, y otros ciento cuarenta y dos hasta que en 1758 Benedicto XIV levante la prohibición.
Pero ha muerto también sin oír —y eso sí es justicia— el ridículo con el que su teoría va a empezar siendo recibida. Lutero la calificó hace dos años en sus Conversaciones de sobremesa de “locura de un astrólogo aficionado que pretende dar vueltas el cielo entero”; Melanchthon dijo que “era contraria a la Escritura y a la decencia”. Tycho Brahe, que va a nacer dentro de tres años, propondrá un modelo de compromiso en el que el Sol orbita la Tierra y los demás planetas orbitan el Sol —el modelo geo-heliocéntrico que ahorra a la mitad del clero europeo el bochorno de cambiar de bando.
Y ha muerto sin saber lo único importante: que dentro de cincuenta y siete años un canónigo italiano llamado Giordano Bruno será quemado vivo en el Campo dei Fiori por defender —con menos rigor matemático y mucha más imprudencia retórica— las consecuencias que el De Revolutionibus implicaba. Que dentro de sesenta y seis un florentino llamado Galileo Galilei apuntará al cielo una lente y verá las lunas de Júpiter girando alrededor de Júpiter, demostrando que no todo en el cosmos da vueltas alrededor de la Tierra. Y que dentro de noventa años el mismo florentino será obligado a arrodillarse en Roma a abjurar de Copérnico, en una ceremonia que la posteridad recordará mejor que la edición príncipe del libro que acaba de morir abrazando este canónigo polaco.
A las once de la noche, los criados retiran el libro del pecho del muerto y lo colocan sobre su mesa de trabajo, abierto por el capítulo décimo del libro primero, en la página donde Copérnico escribió, casi cuarenta años antes, esta frase que mañana citará todo el que sepa latín en Frombork:
“In medio vero omnium residet Sol. Quis enim in hoc pulcherrimo templo lampadem hanc in alio vel meliori loco poneret, quam unde totum simul possit illuminare?”
(“En el centro de todas las cosas reside el Sol. Pues ¿quién, en este templo bellísimo, pondría esta lámpara en otro lugar mejor que aquel desde el cual pueda iluminarlo todo a la vez?”)
El canónigo no oye ya el silencio de la torre. Pero la torre, esta noche, suena distinta.
— Fray Guillermo, desde la colina catedralicia de Frombork.
Tinta de imprenta Petreius — Officina Norimbergensis
¿Imprime usted herejías esta primavera?
La única tinta de la Cristiandad que aguanta una herejía tras otra sin perder negro ni nitidez. Probada por el maestro Johannes Petreius en la edición príncipe del De Revolutionibus del canónigo Copérnico (1543). Resiste el rodillo, el papel de trapo flamenco y la indignación del lector. Garantizada hasta el quinto índice de prohibidos. Distribución exclusiva por la ruta del Danubio; barril de roble sellado con la marca del impresor.
* Donativo para el proyecto Pultsar News
Comentarios ()